El 10 de diciembre de 1983, con la asunción de Raúl Alfonsín, comenzó una nueva etapa en la historia argentina. La salida de la dictadura más feroz de nuestra historia le abrió el paso a una transición democrática. Esta democracia era todavía muy frágil: estaba acechada por los levantamientos de los militares “carapintadas”, en reacción a los juicios sobre la participación de los miembros de las Fuerzas Armadas en el golpe. Si se observaban los últimos cincuenta años de historia, nuestro país había sufrido seis golpes de Estado, además de varios intentos fallidos. También, como consecuencia del
terrorismo de Estado, la antes politizada población argentina miraba ahora con descrédito la participación política (pensemos en la lamentablemente mítica frase “algo habrán hecho” o la “teoría de los dos demonios”), agudizándose esto con el fin de la “primavera alfonsinista”, a partir del cierre de los juicios en 1987.
La hiperinflación hizo adelantar el cambio de gobierno entre Alfonsín y Carlos Saúl Nemen. La salida económica a esta crisis, con Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía (presidente del Banco Central en los últimos años de la dictadura), y su “uno a uno” (un peso argentino igual a un dólar) parecieron colocar a la Argentina en el “Primer Mundo”. Mientras permanecía en la sociedad argentina esta sensación, otros temas parecían perder importancia. Se aprobó el indulto a los militares condenados en el Juicio a las Juntas, se privatizaron las empresas de servicios públicos y se profundizó el proceso de desindustrialización, dejando sin trabajo a una parte importante de la población. A pesar de todo esto, el presidente, reforma constitucional mediante, fue reelecto en 1995.